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martes, 25 de marzo de 2008

Carta a su amante enamorada

Querida amante enamorada. Sé cuánto sufres. Sé lo que sientes. Sé que las noches son tan negras que tiñen de oscuro tus muñecas. Sé que las tardes son tan largas que tus uñas crecen sin medida. Sé que las mañanas son tan frías que tus ojos se entumecen y congelan. Lo sé. Y con saberlo no basta, me dices, pero lo sé. Y porque lo sé susurro que vuelvas la mirada y te vayas lejos, donde el horizonte pierde su nombre para convertirse en anhelo. Huye de la sombra, de la ruina y la barbarie. Huye por las calles que se alfombran de pasado y que te dicen adiós, con esas manos de muerte que se agitan pestilentes. Cambia. Cambia tus palabras, tus abrazos, cambia tus besos, cambia de perfume, pero cambia. Vuélvete una extraña en medio de la nieve roja del lujo y la orgía. Cámbiame por todo lo demás. Y tras hundirte, tras huir y tras cambiar, te darás cuenta de que eres la misma de siempre. De que el calor está donde estaba el calor. De que el futuro no se ha movido de su lugar. De que el amor... ¡ay, el amor!... sigue en la misma cloaca en que lo arrojaste. Nada más. Olvidaste despedirte. Pero nada más.

viernes, 21 de marzo de 2008

Madrugada

Con una mano, tiró con fuerza de la puerta; con la otra, se ciñó la bufanda para que el frío de la madrugada de marzo no se metiese en su garganta. Las calles del centro olían de otra manera. Pequeños grupos de gente se dirigían, en silencio, hacia un mismo punto. Él caminaba a favor de la corriente, sorteando núcleos de señoras que avanzaban bajo sus mantillas. Algunos aplausos lejanos rebotaban en las esquinas de los viejos edificios, de las estrechas calles, que cada vez entre más y más gente, lo conducían a su destino. De los balcones, como lágrimas anónimas, colgaban pendones y alfombras, adornos y cadenetas de flores, que ofrecían a la vista un espectáculo casi medieval del casco antiguo. Por fin, la plaza. Casi todas las hileras interminables de sillas de madera que el ayuntamiento había desplegado por la superficie del foro estaban prácticamente llenas... Los portones de la Iglesia Mayor, como un vientre cálido, se abrían a la noche con un resplandor amarillo. Cánticos. Pero no era aquella la meta. Sorteó los inciensos y los cirios para acercarse al templo. A unos 20 metros, un giro a la derecha, el callejón, el portal. Tres llamadas con los nudillos en el aire perfumado. Ella espera. Una sonrisa cómplice y un comentario de contexto abren el baile. Entre besos con lengua y manos inconscientes, transcurre la madrugada. Ante la puerta, pasos descalzos y encadenados lloran la muerte del Señor. De su Señor.

miércoles, 19 de marzo de 2008

La entrevista

La periodista se ajustó la chaqueta al cuerpo tirándose ligeramente de las mangas. Taconeó arriba y abajo a la espera del invitado. "Por fin una entrevista interesante" -pensó. "Tras la derrota de su partido en las elecciones, no tendrá más remedio que cambiar de discurso. Seremos portada". Sonrió para sí misma justo en el mismo instante en que sonaba el nítido timbre del ascensor. Tras las puertas, rodeado por una nube de asesores, el invitado. "Good afternoon" -le dijo con media sonrisa pero sin mirarla a los ojos. Ella se sorprendió, comenzó a caminar y guió a la comitiva hasta el estudio de radio. "Qué se habrá creído" -murmuró para sus adentros a lo largo del pasillo acristalado. Pero una vez sentada frente a él, con los micrófonos abiertos, el enfado dejó paso a la curiosidad periodística. "¿Tendrían que haberle concedido más tiempo a Saddam Hussein?" -preguntó sin malicia. "No. Volvería a actuar de la misma manera. Fue un momento muy difícil para mí personalmente, pero mis convicciones, mi conciencia, mi mente... están limpias. Tomamos la decisión correcta". La periodista envió un mensaje a su productor a través del ordenador: "este tío es imbécil".

lunes, 17 de marzo de 2008

El confesionario

Sin pecao concebía. Padre, he pecao. Ehta noche pensaba que to' había sío en contra de mi voluntá, padre, pero ahora sé que no, ahora sé que yo quería que pasara, que yo quería qu'esos... qu'esos... ay, no sé cómo llamarles, padre, quería que se murieran to's, ¡y que Dioh me perdone! Pero eh que han hecho mucho mal al pueblo, mucho mal, empezando por lo del Dionisio y terminando por lo de la Jacinta, que eh que no hay derecho, padre. Eh que no se pue' arrastrar a una ancianita por to'l suelo y llamarla de to' como la llamaron, que eh que la llamaron de puta pa' arriba, que sí, padre, que no me ponga'sa cara, que eh verdá porque yo lo he visto. Vamo, que no lo he visto yo, eh que me lo han contao de buena fuente y me fío, de verdá que se lo digo. Yo, cuando salimo de la iglesia y la Fuencisla noh dijo que iban pa'llá, mire, padre, que me entró una cosa por aquí por el pecho que los'abía matao aquí mismo en la iglesia si me loh hubiese cruzao, fijese usté bien lo que le digo. Y eh que no hay derecho, padre.

domingo, 16 de marzo de 2008

La baraja

El mazo estaba sobre la mesa. Nuevo. Impecable. Había ordenado que lo elaborasen el mismo domingo por la noche, nada más llegar al palacio tras celebrar la victoria. Era, sin duda, una idea genial. Una innovación revolucionaria que acabaría con el mito del cuaderno azul. Las cartas esperaban ahí, perfectamente recortadas, olorosas. Mientras aproximaba la mano al lomo rojizo de la primera, sintió que un hormigueo recorría la punta de sus dedos. Miró de reojo la lista que acababa de elaborar de su puño y letra. Los dos primeros puestos estaban ya relacionados con sus correspondientes nombres; los demás, una lista de cargos con una interrogación afilada a su derecha. El presidente se decidió a comenzar el juego. Por fin, la mano derecha alcanzó la baraja y arrastró hacia sí la primera carta. No sin cierto morbo, le dio la vuelta despacio. La cara sonriente que vio en el reverso no dejó de sorprenderlo, pero anotó disciplinadamente en la lista el nombre que el destino le había sugerido para ocupar el cargo de ministro del Interior. Fuera, el coto de Doñana despertaba soleado bajo la intensa luz del tercer domingo de marzo.